Quedan 33 días

Valeriano Torres tiene treinta y tres años. Todos los días sale de su casa de la calle Alondra con la sonrisa que lleva puesta desde que era un crío. Todos en el barrio lo conocen. Y lo aprecian por la cercania del trato especialmente desde que tuvo que dejar de trabajar por un accidente laboral. Fue semanas después de recuperar sus dos piernas para caminar sólo cuando decidió realizar cada día su recorrido mañanero. Nunca dio explicaciones. Y salvo esto siguiendo siendo el mismo de siempre.

Desde la calle Alondra por Candelilla a Federico Mayo, luego Marqués de Pickman hasta el cruce de Arzopispo Salcedo donde tuerce a la izquierda. En Alfonso XI busca la bodeguita de su amigo para tomarse el cafe y si le invitan los paisanos, una copita de anis.

Lo que sorprendió a algunos curiosos del barrio que le siguieron en perdidas ocasiones en que el aburrimiento puede más que las ganas de trabajar es que en la calle Arzobispo Salcedo se detuvira cada decenas de metros, mirara como si buscara algo en el interior de los patios de las casas o en las paredes colindantes y abandonadas de algunos solares. En un momento parecía como si hablase o pensase en voz alta y golpeaba tres veces el bastón que usaba como apoyo. Y volvía a caminar lentamente hasta el siguiente instante misterioso en que repetía la operación.

Tal y como os lo cuento me lo contaron. Y recorrí, en su momento, la calle buscándo el secreto de Valeriano que también a mi me hizo pararme a pensar. Y ahí está para quien lo sepa ver.