La parada.

Tras aquella cascada de emociones, de miradas, de tragar saliva, de abrazarse, de pedir, de soñar, tras aquello sólo podía venir un momento que permitiera compartirlo. Es fundamental intercambiar lo vivido, preguntar a los nuevos, aprender de los que llevaban tiempo repitiendo. Allí mismo lo decidimos, paramos. Y en las servilletas de aquel bar comenzó a pintar notas en el pentagrama de forma espontánea y a mover la cabeza de un lado a otro, moviendo los labios suavemente, y la cabeza más rápidamente. Y daba tragos de cerveza y picaba algo, reponer fuerzas, no tenían croquetas casera, todo no sale bien pero sí unos pinchitos, montaditos y pavias. Y seguimos charlando una hora larga, nadie miró el programa ni pensó en lo que el día anterior habiamos hablado. Tocaba la parada para desacelerar los corazones. Una cofradía acostumbrada a verla de día, ya metida la mañana en sus calles y ahora de golpe, las apreturas de la noche la envolvían con la melodía que entre los lazos ya  creados de aquella reunión se estaba escribiendo de nuevo en aquel Viernes Santo en que algunos seguíamos quedando para llorar juntos*.


* Enlace a una entrada de La Cuarentena Sevillana, año 2008.