Quedan 37 días.


Hubo un tiempo que encontrarme cara a cara con un paso de misterio portentoso me producía escalofríos. Envuelto en la melancolía, borracho de naranjos y posiblemente de azahar absorbido allí mismo o guardado en la retina del olfato en días anteriores, bajo el túnel del tiempo que es andar un Viernes Santo, ya Sábado, por Doña María Coronel. Envuelto en una sábana blanca, lo llevan a enterrar, está entrando la cofradía, suena a duelo, no nos podemos separar del cortejo, un imán nos atrae a las parihuelas. Piedad pide una madre hacía su Hijo descendido de la cruz. Es el paso previo al entierro. Lo llevan a enterrar, más tarde en una urna barroca de oro y precedido por la guadaña será el entierro. Esto es más íntimo, los suyos lo arropan, no hay romanos que escolten el duelo ni tambores destemplados. Hubo un tiempo que encontrarse cara a cara con un paso portentoso como el de la Mortaja me producía escalofríos en la soledad de una calle sevillana. Sueño con reencontrar ese estadio que alcanzaba cuando nadie sabía que ese día sí, qué maravilla, había salido La Mortaja.
"La mente del tonto de la torrija está cuadriculada, pero tiene los bordes ligeramente redondeados, y la corteza destila una sustancia que no es gris y que conserva el regusto de la miel mezclada con el vino y el aceite. Es un cerebro romanizado a través de las papilas gustativas, verdadera y única calzada por la que entra la cultura que nos llegó desde la península que lleva el nombre de las ruinas barroquísimas que se conservan en Santiponce". Tontos de capirote, de Francisco Robles.