Quedan siete lunas.

Era la primera vez que pisaba la ciudad. La primera de muchas que vinieron después. Casi siempre en primavera aunque en los últimos años la frecuentaba más de octubre a marzo que es cuando realmente se parece más a aquella ciudad que fuera antaño en primavera.
Antes de que el taxi fuera absorbido por ese dédalo de calles que llaman 'el centro' sus habitantes miré hacia atrás y vi el puente que es sólo la mitad de un sueño. La otra mitad se la llevó la realidad de lo que es el verdadero reparto de la riqueza: hago uno y me cobro dos. Me duché en el hotel y bajé al comedor. Al terminar la comida observé que era el único español que había en la sala. Todos los comensales pertrechados de buenas cámaras y gruesas guías de bolsillo eran extranjeros. Quizás no debiera haber estado allí, no me correspondía pero llevaba trabajando duro tres años en un sector en alza y tenía dinero. Esa era la verdad. El desembolso por el buen hotel y las fechas que eran no iban a mermar mi ritmo de vida ordinario en un futuro próximo. Realmente era un tipo que gastaba poco, y sí, puede que algo aburrido. Pero eso iba a cambiar. Eso pretendía yo con este viaje.Y fue entonces cuando me acordé de que debía llamar a alguien. A mi anfitriona en la ciudad.


Susana me fascinaba en su totalidad pero su mirada me tenía cautivado. Habíamos tenido algún escarceo y todo me sabía a poco. Me senté en uno de los orejeros que poblaban el salón Murillo. Al fondo, en una televisión dentro de un mueble estaban retransmitiendo procesiones. No tenía volumen y nadie en la habitación parecía echarle mucha cuenta. Comenzaron los tonos de la llamada. Estaba nervioso. La cámara acercó el objetivo a una cruz que no dejaba ver a su portador. Unos pies descalzos y el final de un cono de tela negra era la única pista sobre él. Susana no cogía el teléfono. Multitud de personas iban delante de este nazareno, varios con micrófonos, algunos con cámaras y otros con chaqueta y corbata y una mano en la oreja moviéndose sin rumbo en una zona que parecía acotada. Al décimo pitido colgué mi móvil. Otro del que si podía ver todo su ropaje blanco entero se acercaba a un lateral para hablar con otros hombres que se pusieron de pie a su llegada. Con el paso del tiempo todo esto fue tomando sentido y cada pieza encajaría en unas formas y un protocolo. Volví a llamar tres veces en la siguiente hora incluso una cuarta lo hice desde el teléfono del hotel. Nada. No estaba en su casa y el móvil no lo descolgaba nadie. Tendría que esperar y seguir intentándolo. Salí del edificio, plano en mano pero con la idea de no despistarme mucho del hotel. Un segundo antes de salir, me volví al mostrador y le dejé al recepcionista mi número de móvil por si llamaba o aparecía ella. Seguía sin coger el teléfono. Ya había cruzado la puerta giratoria cuando me volví de nuevo hacia adentro, de nuevo al mostrador, de nuevo al recepcionista a pedirle un último favor '¿Dónde voy primero? ¿Donde están las procesiones? ¿Ya han salido todas?'. Verdaderamente no estaba preparado para el plan B, la posibilidad de no estar con Susana no había pasado por mi cabeza en ningun instante. 'Le noto algo perdido. Fuera corre usted peligro. ¿No sabe lo que hay ahí fuera, no ha leído nada, no...? mala cosa si no sabe lo que hay que hacer un día como hoy en un sitio como este... pero no ponga esa cara... tengo su Lazarillo... tome... ¡ah! y esto también... es lo que llamamos el programa con el horario y las calles... Suerte y disfrute, deje que la ciudad se le meta por los poros...'. Di mil gracias a Jose Carlos -como ponía en su chapita dorada- y me guardé el librito y el programa en el interior de la chaqueta.


No me dió tiempo a pensar en otra cosa, de la misma esquina llegaba un sonido que cualquiera podría distinguir, hasta este que les escribe, sin duda, eran tambores. Un pitido alargado se intercaló entre ellos para luego desaparecer, y tras varios segundos se escuchó la banda en su plenitud. Me acerqué todo lo que pude. No conseguía ver nada. Todos miraban para el mismo sitio que yo. Pero ellos parecían que ya sentían o intuían algo. En esta ocasión los nazarenos iban de azul y blanco. La música siempre con un aire melancólico no invadía de pena a los presentes sino todo lo contrario los rostros sonrientes miraban hacia arriba. Frente a mi, ya, un crucificado con la cabeza totalmente hacia abajo, con las costillas muy marcadas y unas heridas sangrantes que se levantaba sobre una estructura de caoba labrada y brillante por la plata que aparecía y desaparecía segun la intensidad del sol que caía sin piedad sobre aquella calle de una ciudad del sur de Europa en primeros años del siglo XXI. No me di cuenta que en el paso había otra figura hasta que no avanzó unos metros. Era una mujer. Me salí hacia afuera más de siete filas de personas y avancé por el otro lado de la plaza o paseo por la que transitaba la procesión. Tuve que esperar un poco pero volvió a repetirse la escena anterior. Tuve que hacer un esfuerzo para no volver a perderme en los detalles de los acompañantes que por fuera hablaban a los faldones y sobretodo no perder mi vista en el Cristo derrotado, me interesaba la mujer que arrodillada en el centro de la escena, entre altos y gruesos cirios, abría sus brazos ofreciendo un rostro que desde mi posición era la viva imagen de la pena y el dolor. Tenía que ser María Magdalena. Podría haber sido cualquier mujer que hubiera perdido a su ser más amado.


Me comentaron que el siguiente paso en llegar tardaría un buen rato. Seguían pasando nazarenos con capas blancas y cirios. Muchos niños, mucha gente. Llamé de nuevo a donde sabía que no habría respuesta y abrí el librito por una página cualquiera. 'De pronto, reparé en algo que lo cubría todo. El ambiente estaba impregnado de un aire espeso pero efímero, era un olor que con los años no he podido olvidar pero ¿qué era aquéllo?' - cerré el libro, leí la portada 'LA PRIMERA VISITA', no llevaba el nombre del autor, ni editorial ni referencia alguna y el cosido de las hojas era claramente artesanal, tirando a casero... y en la primera hoja comenzaba el primero de los capítulos...'Regueros de gente iban de un lado a otro, en un caos que, curiosamente, parecía ordenado. Pensé lo difícil que sería moverse en una ciudad así, con gente de aquí para allá, calles cortadas, bullas inaccesibles, vallas, largas esperas para atravesar escasos metros.'


Abandoné la multitud para dirigirme a la esquina opuesta del paseo de tierra. En el primer banco libre que encontré me senté y devoré el libro. No se cuanto tiempo empleé en hacerlo. Parecía que aquel libro había sido escrito para alguien con el mismo problema que ahora me acosaba. Aclaraba mucha dudas pero todo lo rodeaba de un barniz de misterio. Era la mejor guía que podría haberse escrito, describiendo no sólo lo que se ve sino lo que se siente o lo que se pretendía conseguir con aquellos ritos y formas. Respiré de nuevo, como lo había hecho tras la primera lectura de aquel párrafo escogido al azar. Tragué saliva. Me entró frío al pensar en algo imposible. Un presentimiento. Tenía el libro sujeto con dos de mis dedos por la última página. La música sonaba a lo lejos. Escrita a mano una nota. A las nueve y media te recojo en el Hotel. Espero que ya sepas que se dice capirote. Besos pendientes. S.