Quedan tres lunas.

Aquel paseo le devolvió parte de su vida. Esas secuencias que buscaba en su memoria y en lo más profundo de sus sentimientos pero que no tenían formas ni colores definidos. De la infancia sólo le quedaban ruidos de metralla y sirenas. Y un trozo de tela blanca con otra más pequeña superpuesta de color rojo en forma de punta de lanza. Recuerda haberla tenido en su mano apretada durante muchos días. En los tiempos de la huida. Hace dos meses la encontró en una caja de zapatos por casualidad. Y fue ese rescoldo escondido en su alma el que le hizo volver. Podría haber dormido en uno de los hoteles de la nueva ciudad creada al otro lado de la colina pero el prefirió plantar cara desde el principio a los fantasmas y pasó la noche con un saco de dormir y una lámpara de leds. Llegó de noche y con la ayuda de uno de sus empleados en la capital que lo acercó. Diez minutos tardó en convencer al subordinado que no había peligro y que podría marcharse. Y amaneció.
En la primera calle que pisó tras salir por la puerta destartalada de la vieja casa de su madre encontró un cartel arrumbado junto a un contenedor de residuos tóxicos.
"Calle de los medidores de puertas ojivales" -leyó entredientes y al instante lo dejó donde estaba para recoger otro diez pasos más cerca de donde había estado siempre la vieja plaza del mercado- "Plaza de las apelaciones a Roma" - y a cada palabra una punzada en el corazón.
Por instantes se disipaba la niebla y el bullicio dominaba las calles surgiendo de todas las vías cercanas. No parecían verle. Y de pronto la oscuridad. Y de nuevo el ruido de tambores y trompetas, de niños gorditos y padres sonrientes. Y así parecía no terminar esa entrada y salida de actores. Y más negrura. Y luego otra vez la luz, y la mano de su madre que le señala un paso de caoba iluminado que avanza hacia ellos muy despacito. Notó una ansiedad como nunca la había sentido. Y la recuerda, ahora ya despierto en cada instante de duda sobre su existencia o en los momento de tomar decisiones, como un placer exquisito. En estos tiempos en los que todo lo que le rodea es siempre tan inmediato y donde la paciencia es un lujo al alcance de muy pocos.